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Con 30 grados a la sombra o helando sin piedad, bajo la lluvia o disfrutando de un agradable día de mayo, el Cinturón Verde no está solo. Cada jornada, sea laborable o festiva, hay alguien velando para que esta enorme extensión de arbolado (que ocupa más de 1.000 hectáreas y rodea a la capital burgalesa) no sufra enfermedades y madure sin sobresaltos.
El servicio municipal de vigilancia, que en agosto cumplirá dos años desde su puesta en marcha, recupera la figura tradicional del guarda rural encargado de ‘patear’ las zonas rústicas. Su labor es controlar el estado de conservación de las masas forestales, la revisión de las nuevas plantaciones, el resultado del mantenimiento y protección contra las plagas, la detección de problemas en las propiedades municipales como vertidos y basuras, y la recopilación de miles de valiosísimos datos sobre el territorio y sus posibilidades de actuación.
Sus informaciones, anotadas primero en cuadernos de campo y posteriormente volcadas a soporte informático acompañadas de fotografías, han permitido crear una completa base de datos donde se llevan recogidas a lo largo de estos últimos 20 meses un total de 533 incidencias. No todas son graves problemas, pues en este concepto se engloban desde incendios hasta el hallazgo de aves muertas o pequeñas construcciones surgidas repentinamente en el bosque.
Roberto Milara, técnico de Medio Ambiente del Ayuntamiento de Burgos, explica que más de la mitad de ellas (concretamente 287) corresponden a vertidos ilegales, una de las amenazas permanentes. Y de la cifra total, 173 incidencias se dan por solucionadas tras haber actuado según requería cada situación.
Una de los guardianes del Cinturón Verde es Gema Ortega, formada como capataz forestal y que con el paso de las semanas se ha convertido en una experta en el gran pulmón urbano. «Acabas conociéndote cada sendero, cada rincón y casi cada árbol», confiesa mientras nos guía por los caminos que recorren el extremo norte del término municipal.
Lo hacemos a bordo de un todoterreno que luce el logotipo de Burgos 2016 entre los pinares y que facilita los desplazamientos, pues a pie sería imposible el control de un espacio arbolado tan grande. Aun así, y trabajando en turnos de mañana y tarde, el Servicio de Vigilancia tarda «alrededor de una semana en dar la vuelta a todo el Cinturón Verde», relata la vigilante mientras nos detenemos a escuchar el canto de la abubilla o a observar como un cernícalo se queda suspendido en el aire porque algo en el suelo ha llamado su atención.
Las rondas de prevención no son solo, ni mucho menos, un agradable paseo para los profesionales que tienen encomendada la labor. Además de servir para recopilar una información que desde el despacho pasaría inadvertida, evita que los malintencionados acaben campando a sus anchas mientras destrozan una joya verde. Los vigilantes se encuentran «de todo», dice Milara: «Pero de todo quiere decir de todo». Y su presencia periódica (y a veces sorpresiva) resulta muy útil, como rubrica Gema Ortega: «El mero efecto disuasorio tiene una gran eficacia».
Los que pensaban hacer una hoguera en los altos de Fuentes Blancas se lo piensan cuando ven aparecer el vehículo blanco, bien visible a distancia, o los que vierten un par de sillones viejos en medio de un camino no lo volverán a hacer si son pillados ‘in fraganti’ por los vigilantes, que a su vez dan parte al Seprona, la Policía Local o a los responsables administrativos que correspondan en cada caso.
Enemigos
El hombre es la principal amenaza para el Cinturón Verde, sobre todo cuando se le ocurre sembrar el paisaje con hormigón y cemento. Las grandes infraestructuras, especialmente la ronda norte y el desvío del ferrocarril aunque también los tendidos eléctricos, han ido minando en los últimos años la superficie de arbolado hasta el punto de que el área de Medio Ambiente, que dirige la concejala Teresa Temiño, ha tenido que buscar compensaciones en otros espacios para las áreas originalmente perdidas.
Junto a la humana, la otra especie problemática son los corzos. Su superpoblación ha convertido en algo normal verlos merodear por la periferia de la ciudad, cuando no paseando despreocupadamente por su interior. Y en el Cinturón Verde pastan a sus anchas disfrutando del ‘menú-degustación’ que les ofrecen las repoblaciones.
Fuente: Diario de Burgos
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